Santillana del mar, la villa de las tres mentiras

No tengo miedo de morir, pero tampoco tengo prisa por morirme.
Es mucho lo que quiero hacer antes
“.

(Stephen Hawking)

Hablar de Cantabria es hablar de pueblos bonitos y con encanto. Hoy dedicaremos el blog a visitar uno de los más pintorescos: Santillana del Mar, al que se conoce popularmente como “la villa de las tres mentiras”, porque ni es santa, ni es llana, ni tiene mar.

Sus edificios de piedra, sus calles adoquinadas y su rico patrimonio hacen de Santillana del Mar uno de los pueblos más turísticos de Cantabria y de los más bonitos de España.


Al ser una villa pequeña, con poco más de 4.000 habitantes, lo mejor para descubrirla es perderse sin prisa entre sus calles y sorprenderse con sus bonitos rincones y pintorescas casonas. Casi todo en ella es un monumento y fue declarada “Conjunto Histórico Artístico” en 1889.

El casco histórico de Santillana (que viene a ser casi toda la villa) podemos dividirlo en dos puntos clave: la Plaza Mayor y la zona de la Colegiata de Santa Juliana, entre los que se sitúan la mayoría de los monumentos y casonas de interés.

La COLEGIATA DE SANTA JULIANA, del siglo XII y declarada Monumento Nacional en 1889, está considerada la joya más importante del románico en Cantabria.
No dejéis de visitar su claustro, si podéis. Lamentablemente a nosotros nos fue imposible, por incompatibilidad de horarios, pero queda apuntado en nuestra agenda viajera para una próxima vez.

Junto a la Colegiata y ubicado en la casa de la archiduquesa Margarita de Austria, encontramos el curioso Museo del Barquillero, un lugar ideal para ir con niños y viajar al pasado, a través de la historia de un oficio prácticamente extinguido con los años.

Y frente a la Colegiata nos encontramos con el antiguo lavadero, que nos recuerda que hubo un tiempo en que las mujeres lavaban la ropa a mano, frotando con jabón y soportando días de lluvia y frío, que atravesaba los huesos. Afortunadamente los tiempos cambian y hoy en día es un rincón con encanto donde los niños disfrutan chapoteando en el agua y donde los mayores podemos hacer fotos de postal.

Santillana del Mar vive por y para el turismo. Tiene infinidad de tiendas, pero conservando toda la magia especial de la villa. Los productos típicos por excelencia son la quesada y los sobaos pasiegos y un lugar ideal para comprarlos es Casa Quevedo, situada al lado del lavadero. Suele haber cola para entrar, pero merece la pena esperar, pues sus productos son exquisitos y la dependienta encantadora. La quesada más rica es la natural, sólo se puede conservar durante cuatro o cinco días, pero el sabor es incomparable en relación a la quesada envasada.
La tienda es muy pintoresca. Si os fijáis en la foto, hay una armadura al fondo.

El otro gran punto de interés es la PLAZA MAYOR, como os comenté antes. En ella encontraréis varios edificios palaciegos, muy en consonancia con el resto de la villa. El Ayuntamiento fue construido a principios del siglo XVIII, pero sufrió varias reformas a lo largo de los años.

La Torre de Don Borja data del siglo XV y actualmente es la sede de la Fundación Santillana, que desarrolla actividades educativas y culturales tanto en España como en Iberoamérica.

Torre de Don Borja
Plaza Mayor y Torre de Don Borja

La Torre del Merino, también llamada “la torrona”, fue construida en el siglo XIII y estaba destinada a ser vivienda y torre defensiva del máximo representante del rey y administrador de la zona.

Torre del Merino, a la izquierda

Y en un lateral de la Plaza Mayor se encuentran las Casas del Águila y la Parra, del siglo XVII y XVI respectivamente. Son propiedad del Gobierno de Cantabria y actualmente albergan exposiciones temporales.
Frente a las Casas del Águila y la Parra podemos ver una estatua en piedra con forma de bisonte, muy fotografiada por los turistas. Fue esculpida por Jesús Otero, nacido en Santillana del Mar y es un homenaje a los bisontes pintados en la CUEVA DE ALTAMIRA, auténtica joya cántabra. Tiene el privilegio de ser el primer lugar en el mundo donde se identificó la existencia de arte rupestre paleolítico y se caracteriza por la calidad, magnífica conservación y frescura de sus pigmentos. Fue descubierta por el lugareño Modesto Cubillas hacia 1868 y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985. Está a dos kilómetros de Santillana del Mar, así que merece la pena acercarse a visitarla.

Casa del Águila, en el centro. Y a la derecha, Casa de la Parra.
Cueva de Altamira (Imagen de la web turismodecantabria.com)

Otro de los tesoros que nos encontramos frente al Ayuntamiento de Santillana y las Casas del Águila y la Parra es la casona de los Barreda-Bracho (del siglo XVII)  reconvertida en Parador de Santillana Gil Blas desde hace más de 70 años.

Cada paso que damos por el casco histórico de la villa nos descubre nuevas maravillas. La Casa de los Hombrones (o “Casa de los Villa”), por ejemplo, está situada en la calle Cantón y destaca por su impresionante escudo de finales del siglo XVII.

También en la calle Cantón podemos ver el hotel de cinco estrellas “Casa del Marqués“, que tiene su origen en el siglo XV y en él vivió el primer Marqués de Santillana, Iñigo López de Mendoza y de la Vega.

Hotel “Casa del Marqués”
Calle Cantón y a la izquierda el hotel “Casa del Marqués”

En la Plaza de las Arenas, muy cerca de la Colegiata de Santa Juliana, nos encontramos con el Palacio de Velarde (también llamado “Palacio de las Arenas”) construido en el siglo XVI para Alonso de Velarde, perteneciente a una poderosa familia de la zona. Tras varios propietarios y perder gran parte de su esplendor, hoy en día pertenece a un médico de Torrelavega, que lo ha puesto a la venta por 9 millones de euros.

Finalmente tengo que mencionaros una curiosa y macabra exposición.
A pocos metros de la Colegiata de Santa Juliana está el MUSEO DE LA TORTURA, donde se exhiben instrumentos de tortura, humillación y castigo utilizados por la Inquisición entre principios del siglo XIV y finales del XIX. Los que os muestro a continuación son sólo parte de la exposición, pero hay muchos más.
Es una visita no apta para gente sensible.

La guillotina era el menor de los males. Había otras muertes mucho peores. En el potro, por ejemplo, el acusado era atado de pies y manos y colocado boca arriba sobre una tabla de madera, para después estirar sus extremidades hasta desmembrarlas.
La silla del interrogatario era de madera maciza y con cientos de afilados clavos de hierro, donde sentaban al castigado desnudo y atado con cintas que se podían apretar a gusto del torturador. Un suplicio medieval que hacía hablar hasta a los mudos.
La doncella de hierro era una especie de sarcófago con clavos en su interior que provocaban una muerte lenta y dolorosa, al cerrar la tapa y unirse unos a otros, perforando a quien estuviese dentro.
La tortura de la gota de agua (también llamada “gota china”) es la que más me llamó la atención, por su simpleza. Se inmovilizaba al acusado y se le dejaba caer una gota de agua fría cada cinco segundos sobre su frente. La locura era su trágico final.
Del cinturón de castidad sobran comentarios y en cuanto a la sierra, el dibujo que podéis ver a continuación no deja lugar a dudas.

 

También se exponen instrumentos para cortar la lengua, para el desollamiento, aplastapulgares y hasta máscaras infames, para “delitos” menores.

Los borrachos también tenían su particular castigo, la picota en tonel. Se les obligaba a llevar un pesado tonel de madera por las calles, sometiéndoles al escarnio público y algunos terminaban muriendo por insalubridad, ya que sus propios excrementos y orines se quedaban en el interior.

El toro de Falaris era una estatua de bronce hueca, con forma de toro y en ella se introducía a los condenados para ser quemados vivos. Se colocaba encima de una hoguera y cuando  la estatua se calentaba, los gritos de las víctimas salían por la boca del toro, como si fueran mugidos. Quedaban totalmente calcinados.

Al margen de esta muestra de crueldad absoluta que puede llegar a ser bastante desagradable, al menos para mí, Santillana del Mar tiene infinidad de mágicos rincones que merece la pena descubrir. Esta villa preciosa, donde se mezclan las tiendas de souvenirs y los edificios de piedra con aire medieval, es un regalo para los sentidos que nos transporta a otra época. Y es que Cantabria enamora.

Os espero la próxima semana, con más viajes y curiosidades.

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