Lisboa, una ciudad llena de contrastes

“¿Y ahora?… se entierra a los muertos y se da de comer a los vivos.”
(Sebastião José de Carvalho e Mello, marqués de Pombal)

Lisboa es la capital de Portugal y también su mayor ciudad, pero tuvo que renacer de entre sus cenizas…
En la mañana del 1 de Noviembre de 1755, día festivo de Todos los santos, se produjo un terremoto que originó un tsunami y éste a su vez un incendio que causó la muerte de más de 90.000 personas y que destruyó la ciudad casi por completo, a excepción de La Alfama, el barrio más antiguo de la ciudad. Se piensa que el incendio fue iniciado, en su mayor parte, por las velas encendidas en honor a los difuntos y que asolaron la ciudad durante 5 días, causando una de las mayores catástrofes naturales. Qué paradoja, ¿verdad?
El rey José I de Portugal, a quien el terremoto le produjo una gran claustrofia, encargó la reconstrucción de  la ciudad (basada en ciudades europeas, como París) a su primer ministro, Sebastião José de Carvalho e Mello, marqués de Pombal y que pronunció la frase de encabezamiento de este artículo, al ser preguntado por los pasos a seguir tras el gran desastre ocasionado.

El barrio más monumental de Lisboa es Belém, al oeste de la ciudad y algo alejado del centro. Aquí podéis visitar el impresionante Monasterio de los Jerónimos y la Torre de Belem, ambos declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en 1983 y símbolos imprescindibles de Lisboa.
El monasterio es la joya arquitectónica por excelencia, inició su construcción en 1502 y en su interior están las tumbas de grandes personalidades portuguesas como Vasco de Gama, navegante y explorador.

Fachada del Monasterio de los Jerónimos
Calesa de la Escuela portuguesa de arte ecuestre, delante del monasterio
Detalle del pórtico
Interior del monasterio
Tumba de Vasco de Gama

Delante del monasterio también hay un bonito jardín, con fuentes y estatuas ecuestres, desde donde contemplar panorámicas del monasterio o del monumento a los descubrimientos, situados a ambos lados del jardín.

La torre de Belém fue construida en el siglo XVI como torre defensiva y es uno de los grandes emblemas de la ciudad. Inicialmente estaba rodeada de agua, pero a día de hoy se encuentra en tierra firme.

A escasos metros de la Torre de Belem se encuentra el Monumento a los Descubrimientos, construido en 1960 para conmemorar los 500 años de la muerte de Enrique “el Navegante”, explorador portugués del siglo XV. Con una altura de 52 metros, tiene forma de carabela y el escudo de Portugal a ambos lados y está formado por 33 personalidades de la Era de los Descubrimientos, encabezadas por Enrique “el Navegante”, que lleva una carabela en sus manos.
Hay que advertir que tanto a la torre de Belém como al Monumento a los descubrimientos se accede caminando, a través de un pasadizo subterráneo que nos lleva al otro lado, desde los jardines del monasterio.

En cuanto a la gastronomía portuguesa, lo más típico es el bacalao, cocinado de mil maneras, pero sobre todo a modo de migas o bien con mayonesa y gambas…

Como curiosidad hay que decir que el pollo allí se llama frango y que una de las formas más sabrosas de prepararlo es al piri piri. El restaurante Dom Manolo, en Cascais, es un buen sitio para probarlo. En mi caso no tuve la suerte de hacerlo, pero queda anotado en mi agenda viajera para una próxima vez.

El bacalao o el pollo suelen ir precedidos de una crema de verduras o de unas empanadillas rellenas de pescado o carne, bastante ligeras. La guarnición para el segundo plato puede ser variada y bastante sorprendente, como la de la foto de abajo, a base de alubias, arroz y diferentes verduras.

La hora en Portugal es una menos que en España y allí se come bastante pronto, de 12:30 a 13:00. Las cenas, antes de las 20:30.

El postre típico de Portugal por excelencia son los pasteles de Belém, algo similar a tartaletas rellenas de crema pastelera, que se sirven calientes y a las que podemos añadir un poco de canela y azúcar, a nuestro gusto. El mejor sitio para probarlos se encuentra muy cerca del monasterio de los Jerónimos y se llama Pastéis de Belém. Se elaboran de forma artesanal desde 1837, siguiendo una antigua receta secreta del monasterio y que conocen muy pocas personas en el mundo (como la Coca-Cola). Se pueden degustar dentro del local o bien se pueden pedir para llevar a casa, para lo cual hay que hacer dos colas: una en la caja, para pedir la cantidad que se quiera y pagar y otra cola, posteriormente, para recoger el pedido. A ciertas horas suele haber mucha gente y es impensable sentarse a degustarlos, pero aunque sea llevándoselos a casa merece la pena que los probéis, son exquisitos y además baratos, a 0.90 cada uno.
Abren todos los días del año, de 08:00 a 23:00 (salvo los días 24, 25 y 31 de diciembre y 1 de enero, que cierran a las 19:00).

Colas para comprar pasteles de Belém
Cada caja contiene 6 pasteles y sobres de canela y azúcar. ( Imagen de pasteisdebelem.pt/es/)

Las bebidas típicas son el vino verde (similar al albariño) y el Oporto (vino dulce para acompañar postres), aunque también he descubierto un licor de cereza buenísimo, del que hablaré más adelante, pues es típico de la villa medieval de Óbidos y se sirve de una manera un tanto especial.

 La cerámica es otra de las grandes maravillas de Portugal, sobre todo la artesanal, pintada a mano.

Finalmente debo hablaros de una original forma de descubrir la ciudad: los Tuk-tuk, pequeños vehículos similares a un motocarro cuya mayor ventaja es dar con un buen conductor, que nos sirva de guía turístico y nos vaya explicando cosas interesantes de la ciudad. Tiene capacidad para dos personas, cuatro o seis y su precio abarca entre 15 y 20 euros. Una buena opción para visitar Lisboa de una forma diferente y descansada.

Para no alargarme más termino aquí la primera parte de mi visita a Lisboa. La próxima semana os mostraré el bonito barrio de Chiado, la espectacular plaza del Comercio y alguna que otra curiosidad. Os espero.

 

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